9 sept. 2020

30 años del 'Ragged glory' de Neil Young: Patrimonio de la Humanidad

4 comentarios :

...no somos pocos los que podríamos citar al "Ragged glory" como el disco que nos cambió la vida o, por lo menos, el que nos indicó el gran sendero de una música que nos iba a acompañar hasta el último latido...

Por Juanjo Mestre

Homenajear una obra de la magnitud y trascendencia del "Ragged glory" podría resultar una tarea ardua y compleja si, tres décadas después, hay que hacer ejercicios de memoria acerca de su descubrimiento y del impacto que supuso en su día, tal y como me propuso un íntimo.

Sin alzheimer y sin excesivo esfuerzo por las marcas que aquella época dejó tatuadas en la psiquis, recuerdo que poco tiempo antes de su publicación había quedado atrapado por canciones del álbum "Freedom" (1989) como "Crime in the city", "Eldorado" o la libertaria "Rockin' in the free world", entre un goteo constante de variopintos y conmovedores hallazgos musicales. Sin ir más lejos también respecto al maestro canadiense, me resulta imposible olvidar que, gracias a mi hermano putativo del alma y gran Chef dianense del Restaurante For Amur, el que me enseñó que el buey sólo bien se lame, que los postes también juegan y que cada palo debe aguantar su vela, descubrí esencias clásicas de Neil Young tales como el "American stars 'n bars", el "Harvest" o el "Everybody knows this is nowhere".


Entrando en materia, "Mansion on the hill" se convirtió en la primera canción que me voló la cabeza y con la que comencé a quedar prendado del "Ragged glory". Fue a partir de un vídeoclip en el que, cual si fuera un predicador acompañado de un coro de negros y de unas guitarras que se retorcían, el tito Neil cantaba sobre una música psicodélica, sobre paz, serenidad y amor.

Como si hubiera hallado un elixir mágico, una especie de eclipse lunar que apuntaba a prolongarse existencialmente, llegó de manera inmediata el resto del dieciochoavo álbum del canadiense y el sexto con la banda Crazy Horse. Ipso facto supimos algunos que estábamos viviendo algo grande, algo histórico, que nos encontrábamos ante una de sus obras más profundas, apasionadas y viscerales, donde las guitarras poseían una carga desmesurada de decibelios, donde la retroalimentación acústica de feedbacks o acoples deambulaban con naturalidad y con vibrante armonía, donde la garganta del más grande parecía romperse hasta tornarse su voz en más nasal, agrietada y abrupta.


Aquella carga medicinal no dejaba de fluir durante los más de 62 minutos que se repartían en sus diez canciones y, a pesar de la gran extensión en la mayoría de ellas, era imposible no sucumbir ante la emoción que destilaban, tanta que no somos pocos los que podríamos citar al "Ragged glory" como el disco que nos cambió la vida o, por lo menos, el que nos indicó el gran sendero de una música que nos iba a acompañar hasta el último latido.

Como buen culo inquieto, y como había sucedido a lo largo de toda la carrera anterior, el hombre con pseudónimo Shakey volvía a experimentar sin olvidar sus raíces del country. Atrás quedaba la mayoría de irregulares álbumes ochenteros y el que nos ocupa parecía más bien una lección, un "aquí estoy yo vivito y coleando" para esos jóvenes independientes que enarbolaban la bandera del rock alternativo, quedando todavía más patente su influencia en estilos como el grunge y en bandas como Pearl Jam —con quienes grabaría incluso el "Mirror ball" en 1995—, Sonic Youth, Pixies, Nirvana...


Con el arranque "Country home", contagiosa melodía recuperada de la gira del 76 y repleta de virtuosismo guitarrero y de brisas campestres, me di cuenta que a Neil Young le pasaba como a mí, que no le gustaba ir a la gran ciudad porque le costaba aparcar y porque muchas veces había que pagar en un parking. Es el campo, el pueblo, la huerta, lo rural, la naturaleza... los espacios que a algunos nos producen verdadera paz interior.

El resto de la cara A del vinilo tenía un claro enfoque, más relacionado con el amor.  Por ejemplo, en un mundo lleno de límites aparecen arrepentimientos por errores del pasado, recuerdos de buenos ratos y un deseo de cruzar la "White line" del tiempo, la canción más afligida y breve de esta rodaja sónica. En otro acto de aflicción como "Fuckin' up" incidía más en la impetuosidad, en precipitarse y tirar por la borda lo mejor que tenía, entonando el mea culpa aunque musicalmente fuese todo poderío con un rabioso in crescendo guitarrero.


Y las otras dos. En "Over and over" reinventaba el country-rock con frenesí. Una y otra vez, una y otra vez... mucho más cuando el cielo está despejado y la luna brilla es cuando acecha el recuerdo, los sueños que se esfumaron, aquellas noches de amor, aquellos días de playa, aquellos bailes bajo la lluvia y sobre la hierba que cubría el campo. Y "Love to burn", que parece extraída de una jam-session, donde de forma más honda y trascendente mantenía cierto remordimiento y deseo de rectificación en el amor, con esa voz nocturna que susurra al oído, que enseña a bajar la guardia, a dar el primer paso, a ceder, a aprovechar la oportunidad de amar.


Turno para el otro costado. "Farmer John", clásico oculto del dúo Don & Dewey junto a la Their Band que publicaron en el 59 y que tuvo numerosas versiones en los sesenta como la de The Searchers, o en los ochenta del grupo garagero femenino británico The Delmonas, pero ninguna comparable a la versión del más grande con los Crazy Horse, quien la convirtió en una singular e intensa declaración de amor por la hija del granjero, la de los ojos color champán, la que hablaba y se contoneaba al caminar como ninguna.

En una mayor aproximación a la parte más eléctrica de Dylan llegamos a la extraordinaria "Days that used to be", exhibiendo un aspecto más reflexivo y nostálgico sobre el deseo de hablar con los viejos amigos o de volver a los viejos tiempos. O "Love and only love", recuperando la improvisación y espontaneidad guitarrera, con ciertos aires de misticismo y de leyenda, como en ese Libro Antiguo que hablaba de una batalla que continúa librándose, y con una máxima, la de que "el amor vencerá al odio, será el que perdure".


Y un gran as en la manga para el final. Con coros de John Hanlon, quien además fue ingeniero de mezclas en todo el disco, remataba magistralmente con  "Mother Earth (Natural Anthem)", el más grande himno ecologista de todos los tiempos, el que debería sonar cada día para cambiar las cosas, dedicado a la Madre Tierra y a sus verdes campos, retumbando eso de que "hasta cuándo podrás ofrecer sin recibir, hasta cuándo podrás aguantar tanta codicia". Sí, "respetad a la Madre Tierra o liquidaréis los días de nuestros hijos" eran suficientes argumentos para inmortalizar una obra estremecedora, genial, inigualable e insuperable, esa que hoy 9 de septiembre del 2020 celebramos su 30 aniversario.

Otra vez junto a Frank "Poncho" Sampedro (guitarra y voces), Billy Talbot (bajo y voces) y Ralph Molina (batería y voces) llegaría un año despúes "Weld", el mejor directo de la historia para un servidor, donde se capturó la magia en vivo del "Ragged glory" junto a otros clásicos de Neil Young, donde el caballo loco se desbocó y se liberó totalmente de cuerdas, riendas o correas. La leyenda continuará hasta el último suspiro. ¡Habemus Young!

30 años del 'Ragged glory' de Neil Young: Patrimonio de la Humanidad // por
5

4 comentarios :


  1. Maravillosos recuerdos, Juanjo. Mi primer contacto con "Ragged Glory" fue tumbado en una cama de una pensión donostiarra, escuchando Radio 3 en unos auriculares por los que me llegaron los ocho minutos de "Over And Over", brutal flechazo eléctrico que me sigue cautivando por igual tres décadas después. No podías haber descrito mejor un disco tan colosal.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Gran repaso e imborrables recuerdos. Yo lo descubrí algún año después, no muchos, creo que en 1992. En principio me enganchó Love to burn, después todas, hoy mi preferida es Love and only love.
    Superobramaestra absoluta con la que retorció la música que hacían entonces los veinteañeros.
    Abrazos.

    ResponderEliminar
  3. Este "Ragged Glory" supuso la reencarnación del Young un tanto errático de la década anterior. Fue como un parar, mandar y templar (usando términos taurinos...), un decir a la audiencia y a la industria, aquí estoy yo de nuevo, motherfuckers. Creo que coincidiré con no pocos en decir que esta obra es su mejor trabajo desde que fue publicada en 1990. Desde esa fecha ninguna otra ha alcanzado su nivel ni significado.
    Abrazos,

    ResponderEliminar